Hipócrita lectora

Blog de Sonia García López

Collage, de Alphonse Allais

Traducción del cuento de Alphonse Allais “Collage”, publicado en el libro À se tordre (1891) e incluido en el album de collages de Gloria Vilches, ¡Ay de mí! Valencia, Romboide, 2013. Publicado por primera vez en el suplemento “Culturas”, La Vanguardia. Miércoles, 30 de diciembre de 2009.

Collage_LaVanguardia

Collage

El doctor Joris-Abraham-W. Snowdrop, de Pigtown (U.S.A) había cumplido los cincuenta y cinco años de edad sin que ninguno de sus parientes o amigos hubiera logrado inducirle al matrimonio.

El año pasado, unos días antes de Navidad, entró en los grandes almacenes de 37th Square (Objetos artísticos de Banaloide) para comprar sus Christmas gifts. La persona que atendía al doctor era una joven y esbelta pelirroja, tan increíblemente encantadora que, por primera vez en su vida, se sintió turbado. Cuando se dirigió a la caja para pagar, preguntó cuál era su nombre:

-Miss Bertha.

Le preguntó a Miss Bertha si quería casarse con él. Miss Bertha le respondió que naturalmente, of course, claro que quería.

Quince días después de este encuentro, la seductora Miss Bertha se convertía en la bella Mistress Snowdrop. A pesar de sus cincuenta y cinco años, el doctor era un marido más que presentable, cuyos hermosos cabellos plateados enmarcaban un bello rostro, siempre cuidadosamente afeitado. Bebía los vientos por su joven esposa, a la que colmaba con mil naderías que le prodigaba con conmovedora ternura.

Aun así, la noche de bodas le había espetado con terrorífica tranquilidad:

-Bertha, si alguna vez me engañas, arréglatelas para que yo no lo sepa.

Y añadió:

-Por la cuenta que te trae.

El Dr. Snowdrop, como tantos médicos americanos, tenía alojado en su casa a un discípulo que asistía a sus consultas y le acompañaba en las visitas, un excelente ejemplo de educación práctica que debería seguirse en Francia. Tal vez así veríamos descender la mortalidad que aflige tan cruelmente a la clientela de nuestros médicos más jóvenes.

El pupilo de Mr. Snowdrop, George Arthurson, un apuesto muchacho de veinte años, era el hijo de uno de los más apreciados amigos del doctor, y éste último lo quería como si se tratase de su propio hijo. El joven no permanecía insensible a la belleza de Bertha pero, honesto como era, relegó sus sentimientos al fondo de su corazón y se volcó en el estudio para distraer el espíritu.

Por su parte, Bertha se había enamorado perdidamente de George pero, como fiel esposa, decidió esperar a que fuera él el primero en declararse. El tejemaneje no podía durar mucho, de manera que, un buen día, se encontraron uno en brazos del otro.

Avergonzado por su debilidad, George se juró que aquello no volvería a repetirse; mientras, Bertha se prometía lo contrario.

El joven la evitaba y ella le escribía cartas enardecidas por una pasión desbordante: …Estar siempre contigo; no separarnos nunca, ¡no ser más que un solo ser!… La carta que contenía este pasaje febril cayó en manos del doctor, que se limitó a murmurar:

-Es perfectamente factible.

Esa misma noche cenaron en White Oak Park, una propiedad que el doctor poseía a las afueras de Pigtown.

Durante la cena, un extraño aturdimiento se apoderó de los amantes. Con la ayuda de Joe, un negro atlético que estaba a su servicio desde la Guerra de Secesión, Snowdrop desnudó a los culpables, los extendió en la misma cama y terminó de anestesiarlos gracias a cierto carburo de hidrógeno de su invención.

Preparó el instrumental quirúrgico con tanta tranquilidad como si se hubiera propuesto rebanarle el corazón a un chino.

Acto seguido, haciendo gala de una destreza verdaderamente notable, sacó, desarticulándolos, el brazo y la pierna derecha de su mujer.

Siguiendo el mismo procedimiento, le quitó a George el brazo y la pierna izquierda. A lo largo del flanco derecho de Bertha, a lo largo del flanco izquierdo de George, conservó una tira de piel de unas tres pulgadas. Después, juntando ambos cuerpos de manera que las dos heridas en carne viva coincidieran, los mantuvo pegados entre sí, ejerciendo mucha fuerza y sirviéndose de un largo vendaje de tela con el que dio cien vueltas en torno a los jóvenes.

Durante la operación, ni Bertha ni George habían realizado el más mínimo movimiento. Tras asegurarse de que se encontraban en buen estado, el doctor les introdujo en el estómago, mediante sonda esofágica, un buen caldo y un Burdeos añejo.

Así, bajo el efecto de los narcóticos hábilmente administrados, permanecieron durante quince días sin recobrar el conocimiento.

El día decimosexto el doctor comprobó que todo iba bien.

Las heridas de los hombros y de los muslos habían cicatrizado.

En cuanto a los dos flancos, formaban uno sólo.

Un destello de triunfo hizo brillar los ojos de Snowdrop. Suspendió la sedación. Despertando al mismo tiempo, George y Bertha se creyeron presos de una repugnante pesadilla. Pero fue un terror muy distinto el que les invadió cuando se dieron cuenta de que no se trataba de un sueño.

El doctor no pudo reprimir la sonrisa ante este espectáculo.

Joe se agarraba las costillas.

Bertha lanzaba gritos de hiena enloquecida.

-¿De qué te lamentas, mi querida amiga? Interrumpió suavemente Snowdrop. No he hecho otra cosa que cumplir tu más íntimo deseo: “Estar siempre contigo; no separarnos nunca, ¡no ser más que un solo ser!”.

Y, sonriendo delicadamente, el doctor añadió:

-Esto es lo que los franceses llaman un collage.

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Esta entrada fue publicada en 1 de enero de 2013 por en AT WORK, colaboraciones, PUBLICACIONES, traducción y etiquetada con , , , .
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