Hipócrita lectora

Blog de Sonia García López

Quince años apostando por “otro” cine

En sus quince años como productor independiente y, más recientemente, como realizador, Luis Miñarro ha demostrado poseer un don difícil de encontrar en el mundo del cine: la capacidad de combinar una sensibilidad hacia propuestas creativas arriesgadas con el sentido de los negocios inherente a todo buen productor. En 1995 fundó, junto a Pepo Sol, la productora Eddie Saeta, y desde entonces no ha dejado de respaldar a “una cierta tendencia del cine español”, para tomar prestadas las ya legendarias palabras de François Truffaut, en la obra de Marc Recha, José Luis Guerin o Albert Serra, pero también, en el ámbito internacional, participando en las producciones más recientes de Manoel de Oliveira (El extraño caso de Angélica, 2010; Singularidades de una chica rubia, 2009) y Apichatpong Weerasethakul (con la ganadora de la Palma de Oro en Cannes Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas, 2010). Haciendo gala de un carácter inquieto, en 2009 Miñarro comenzó a combinar su oficio de productor con el de director de documentales en la realización de dos largometrajes: Family Strip, un retrato de familia que gira en torno a las posibilidades expresivas de la pintura y el cine para crear una representación en la que se articulan la imagen, el relato y la memoria, y Blow Horn, una indagación en el budismo que, mediante la reapropiación de sus principios fundamentales, termina por convertirse en una plataforma para la meditación. Se trata de dos producciones de bajo presupuesto realizadas con un equipo mínimo, en las que la apuesta fundamental se juega en la capacidad de los personajes para relatar historias sin descanso, en un caso, y en el poder expresivo del silencio en otro. Entre tanto, el dispositivo cinematográfico se ocupa de dar forma al espacio y a las acciones para elaborar una propuesta formal que se mueve entre la improvisación y la búsqueda de nuevos valores estéticos.

El ciclo que Cineteca dedica a las producciones de Luis Miñarro incluye los dos largometrajes que ha firmado como director, algunas películas de indiscutible filiación documental, como El somni (Christophe Farnarier, 2009) y Ar meno un quejío (Fernando de France, 2005), y otras que se sitúan allí donde la ficción comienza a perder su honesto nombre, como El brau blau (Daniel V. Villamediana, 2009) o Aita (José María de Orbe, 2010). Una selección que pone de manifiesto el hecho de que el quehacer de Eddie Saeta no se detiene en la materialización de propuestas arriesgadas bajo la fórmula de la producción independiente, sino que apunta a la consolidación de un tipo de cine profundamente comprometido con las formas, con la visión contemplativa y con la hermandad del cine y otras artes como la pintura o la música. Presente temáticamente en Family Strip, la inteligencia pictórica (aliada, tal vez, con aquel cine de los primeros tiempos y sus planos autárquicos, en los que la acción y la escena se agotaban en cada toma) provee de encuadres estáticos y duraderos en los que el tiempo cobra espesor, propiciando la revelación de lo real en El brau blau y Aita, mientras que la pasión por la música envuelve el nacimiento de la historia de amor entre un personaje real (Chico Ocaña) y uno de ficción (Luna, interpretada por Vicenta Ndongo) en Ar meno un quejío.

La película de Daniel V. Villamediana es rica en asociaciones poéticas (desde el propio título, “El toro azul”, de resonancias lorquianas) ancladas en la paleta de color: el azul del cielo, el rojo de la sangre y del capote taurino, el ocre de la tierra; también la abstracción, el gran descubrimiento plástico del siglo XX, encuentra aquí su materialización cinematográfica: el arte del toreo queda reducido, en esta hermosa y extraña película, a sonidos (como el que produce el capote al ser arrastrado), posturas corporales y formas esenciales (como el círculo trazado con piedras sobre el terreno desbrozado que hace las veces de coso taurino. Más que dar cuenta de la fascinación por el mundo de los toros y por José Tomás que vive el protagonista, El brau blau sintetiza el componente meditativo que preside el enfrentamiento al toro y despliega múltiples asociaciones con la tradición filosófica occidental y el budismo zen en una reinterpretación de la tradición más castiza bajo las claves del cine heredero de las poéticas de la modernidad.

En Aita la unidad formal se impone a la narrativa, sustentada sobre un frágil hilo dramático que entreteje el discurrir de unos pocos personajes en torno a un espacio tan imponente y majestuoso como degradado e invadido por la maleza: el antiguo caserón de los Murguía, estirpe del señorío de Guipúzcoa. En el seno de esa unidad formal que otorga un sentido plástico a los espacios, a los personajes, y hasta a sus acciones, la abstracción reaparece como estrategia creativa. En este caso, incidiendo sobre los principios elementales sobre los que se asienta el cine: la luz y las sombras, que, aliadas con un virtuoso uso del diafragma en este trabajo de José María de Orbe, tienen la función de poner de manifiesto la magia cotidiana que nos permite dar forma, mediante la visión, a nuestro entorno inmediato. El director renuncia a todo lo superfluo (la película consta de algo más de cien planos de los que ha sido evacuada, salvo escasas excepciones, la representación realista del espacio a través del montaje en continuidad), devolviendo así al espectador a una inocencia primigenia, un estado casi virginal en lo que a la experiencia cinematográfica respecta, haciéndole mirar como si nunca lo hubiera hecho antes e invitándole a asistir a una suerte de epifanía anclada a la experiencia perceptiva.

A juzgar por estas y otras películas producidas por Miñarro, no parece fortuita la invocación de François Truffaut en las primeras líneas de este escrito. Pues, si con su texto sobre Una cierta tendencia del cine francés el joven crítico y futuro cineasta apuntalaba la herencia espiritual de la que los cineastas de la Nouvelle Vague pronto se harían eco (gracias, en gran medida, a productores como Georges de Beauregard, Pierre Braunberger o Anatole Dauman), Luis Miñarro parece haber facilitado condiciones de producción a cineastas que encarnan ese otro cine español que tan calurosas acogidas se ha granjeado en citas ineludibles como Cannes, Venecia, San Sebastián o Karlovy Vary. Y lo ha conseguido sin dejar de buscar la complicidad del público joven, tratando de comprender sus nuevos códigos y las dinámicas de su consumo audiovisual.

Texto publicado con motivo del ciclo Miñarro produce en Cineteca Matadero, del 24 de marzo al 29 de abril de 2012.

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Esta entrada fue publicada en 12 de septiembre de 2012 por en ESCRITOS Y ENSAYOS y etiquetada con , , , , , .
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