Hipócrita lectora

Blog de Sonia García López

Sol negro en Karamay

Karamay. Un nombre exótico que despierta remotas evocaciones del lejano Oriente. Un nombre que, seguramente, conduce nuestra imaginación por la ruta de la seda, tras los pasos de Marco Polo y su encuentro con el emperador Kublai Khan. Sin embargo, quien se acerque al documental de Xu Xin difícilmente podrá olvidar la historia reciente y la ubicación exacta de esta ciudad fundada, en plena euforia comunista, tras el descubrimiento de un yacimiento petrolífero, en 1958. Desde entonces, esta rica localidad situada en el noroeste de la provincia de Xinjiang, es propiedad de la Oficina Gubernamental del Petróleo, cuyos oficiales tienen el doble estatus de miembros de la compañía y del Partido Comunista.

Amanece sobre Karamay y los tonos metálicos del cielo van descubriendo una vasta llanura sobre la que se levantan las plantas petrolíferas. Pero, a medida que avanza la cámara descubrimos, en primer término, el cementerio de los niños de Karamay, construido expresamente en 1994 para dar sepultura a los 288 chiquillos que murieron en el incendio del Auditorio de la Amistad, del que prácticamente solo se salvaron los representantes del gobierno que habían acudido a la ceremonia de homenaje (permaneced sentados —les dijeron a los escolares— los oficiales deben salir primero). 288, un número de víctimas demasiado pavoroso como para ser contenido por los muros de cualquier camposanto en una ciudad situada en medio de la nada.

La cámara traspasa el umbral del cementerio provisional, que ha dejado de serlo para convertirse en lugar de duelo y peregrinaje para los afligidos padres, incapaces de encontrarle sentido a la vida después de lo sucedido, y la lente adopta para siempre la tonalidad del blanco y negro, la única imaginable para quienes solo pueden soportar el presente desde el recuerdo del último momento de amor, de felicidad o de ternura anterior a la catástrofe. Este es el punto de partida de Karamay, un documental en el que, si el presente sólo puede verse en blanco y negro, el pasado tiene la textura degradada de las cintas VHS grabadas durante el suceso por familiares, amigos y ciudadanos, tan horrorizados como aturdidos, ante escenas a las que los seres humanos nunca deberían tener que asistir.

Los 356 minutos que dura la película, en la que el director renuncia a la voz en off o a los efectos musicales y de sonido, se sostienen sin vacilar sobre los testimonios de 60 personas que, de una manera o de otra, padecen el trauma de haber perdido a sus hijos, de haber asistido a la agonía de cientos de niños entre las llamas y de haber recibido, a cambio, el silencio y el desprecio de las autoridades. Porque no hay certificados de defunción que permitan un habeas corpus y, por tanto, no puede ser denunciada la inexistencia de sistemas de prevención, la cobardía y la negligencia de las autoridades, la deficiencia de los sistemas de emergencia y atención médica que contribuyeron a elevar un número de víctimas ya de por sí elevado.

La cámara de Xu Xin asiste impertérrita a los monólogos de padres y supervivientes, construyendo un espacio vital en el que aflora el dolor, la ira y, de alguna manera, la catarsis necesaria para realizar el trabajo del duelo aplazado durante años, y, quien sabe si para siempre.

Texto publicado con motivo de la proyección de Karamay en Cineteca Matadero.

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Esta entrada fue publicada en 14 de agosto de 2012 por en ESCRITOS Y ENSAYOS y etiquetada con , , , , .
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