Hipócrita lectora

Blog de Sonia García López

Cada ver es…

Si cuando hablamos de cine invisible, queremos referirnos a esa doble condición de las películas que, por azares y avatares, no han sido vistas, y que, al mismo tiempo, albergan en su material fotosensible cualidades que las hacen difícilmente asumibles para el ojo fatigado por la cultura de consumo, es preciso reservarle a Cada ver es… un lugar privilegiado en ese territorio misterioso y fecundo del cine poco transitado.

El documental, firmado por Ángel García del Val en 1981, constituye mucho más que un acercamiento a la vida y la persona de Juan Espada del Coso, embalsamador del depósito de cadáveres de la Facultad de Medicina de Valencia. Pues, a medida que le acompañamos en su quehacer cotidiano, nos convertimos en partícipes de la particular visión (no exenta de humor) de la vida, de la muerte, del amor y de la soledad de quien durante cuarenta años ha convivido con cadáveres hasta asumir naturalmente los pormenores que siguen al deceso.

Cada ver es… también constituye un acercamiento, en plena Transición española, a la otredad que representan los alienados, los muertos, los excluidos del mundo disciplinario y sometido a la lógica racional, como el José Luis Cerveto de El asesino de Pedralbes (Gonzalo Herralde, 1978) o los anónimos internos de Animación en la sala de espera (Carlos Rodríguez Sanz y Manuel Coronado, 1981). Como si, por el contacto diario con la muerte, hubiera quedado contaminado por esa enajenación radical que nos lanza al más allá cuando nos llega la hora, el propio Juan Espada fue objeto de una leyenda negra entre los estudiantes de medicina y, tras el estreno de la película, entre el público que la recibió. Parece una rima intencionada el hecho de que el protagonista de Cada ver es… perteneciera a ese otro grupo de “desnaturalizados” del régimen dictatorial instaurado por Franco que fueron los vencidos de la Guerra Civil. Y sin embargo se trata solo de un (¿feliz?) regalo que nos hace la poética documental.

La polémica que envolvió al estreno de Cada ver es… y que duró más de dos años, terminó por sentenciarla como la película maldita en la que se ha convertido: de la manera más rocambolesca, la Dirección General de Cinematografía bajo el Gobierno de UCD dio al filme la clasificación “S” (prevista para el cine pornográfico blando), alegando que el formato de 16 mm no cumplía los requisitos de calidad mínimos y cerrándole así las puertas a su distribución en salas comerciales y al régimen de subvenciones estatales programado por el incipiente gobierno socialista. Paradójicamente, le fue denegada la libertad de circulación a una película cuyos planteamientos formales y narrativos apuntaban a la ruptura de barreras mentales y formales.

Con su desmembrada disposición, el título de Cada ver es… parece paladear unas sílabas que casi prometen revelar un arcano. Pero esa particular disposición de la escritura apunta, también, a la singularidad de una mirada que reclama para sí un margen de libertad que convierte a la película de Ángel García del Val en una de las más osadas e insólitas de nuestra cinematografía.

Texto publicado en el Catálogo de Documenta Madrid `11 con motivo de la proyección especial XX aniversario de Cada ver es…

English version at Documenta Madrid `11 Catalog.

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Esta entrada fue publicada en 1 de agosto de 2012 por en ESCRITOS Y ENSAYOS y etiquetada con , , , , .
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