Hipócrita lectora

Blog de Sonia García López

Medio siglo de fascinación

Dijo una vez Basilio Martín Patino, refiriéndose al Renacimiento español, que “lo más documental lo conocemos por las ficciones La Celestina, Lazarillo, Guzmán de Alfarache. Se está más cerca de lo real cuando se aborda la ficción que cuando se filma lo que no son sino sus apariencias”. La afirmación resulta reveladora, en boca de Patino, no tanto por su juguetona reivindicación de la ficción como una de las más potentes estrategias para llegar al fondo de las cosas (tema, por lo demás, recurrente en toda su filmografía), sino por cuanto revela parte de la educación sentimental del director salmantino que tanto peso ha tenido en sus películas.

Y es que, en tiempos de inquietud como los largos años de dictadura que sucedieron a la guerra civil española, los espíritus libres debieron buscar inspiración en heterodoxos de otras épocas, en quienes, como Fernando de Rojas o Mateo Alemán, pero también Francisco de Goya o Luis Buñuel, se enfrentaron a las convenciones no solo en la temática de sus obras, sino también a través de un radical cuestionamiento de las formas (literarias, pictóricas o cinematográficas, en cada caso).

Si de alguna forma se puede resumir la intensa trayectoria creadora del autor de Nueve cartas a Berta (1966) durante los últimos cincuenta años es, sin duda alguna, como exponente cinematográfico de una parte de la tradición cultural española profundamente heterodoxa y, al mismo tiempo, como incansable renovador de la forma documental bajo los auspicios de la ficción. La negra España de las pinturas de Goya, tan trágica como satírica, palpita con sus claroscuros en Queridísimos verdugos (1973-1977), la respuesta de Patino a la sonada prohibición de Canciones para después de una guerra (1971-1976). Originalmente, la película había de tratar sobre las distintas formas de matar que la humanidad había ido poniendo en práctica a lo largo de la historia, algo para lo que se llevó a cabo una profusa investigación sobre las más variadas y macabras formas de ejecución de la pena de muerte. Sin embargo, el proyecto quedó finalmente reducido a la forma más patria de “muerte legal”, el famoso “garrote vil”. Queridísimos verdugos fue la versión del director del goyesco exilio en Burdeos: como hubiera cabido esperar de los oscuros funcionarios estatales que elaboraban los expedientes de censura, tampoco este peculiar tratado “de los delitos y las penas” consiguió ver la luz hasta llegada la democracia.

Al igual que con Canciones para después de una guerra y Caudillo (1974), realizadas en clandestinidad bajo una gran precariedad de materiales que en ningún caso se desprende del resultado final, apabullante (y tal vez no superado) en su profusa utilización de documentos sobre la guerra y la dictadura, con Queridísimos verdugos Patino solo pudo poner en juego su libertad creativa desde el más absoluto aislamiento económico y político. Y qué duda cabe que supo hacer de la necesidad virtud. Porque Canciones para después de una guerra y Caudillo acaso sean los ejemplos más tempranos en España de collage documental (al menos en su sentido más contemporáneo) y Queridísimos verdugos sigue constituyendo uno de los ejemplos más cumplidos del documental de entrevista que tanto predicamento habría de tener durante la transición a la democracia, cuando la esencia de la expresión plural que subyace a la entrevista se reducía a un simple anhelo.

Si la indagación en los códigos genéricos del documental fue, tal vez, el más importante motor de renovación en la filmografía de Basilio Martín Patino, su creatividad encontró otro filón en las fronteras del cine delimitadas por el soporte del vídeo y los formatos televisivos. Para una mente reflexiva, un tanto iconoclasta y descreída de las apariencias como la suya, llegó como agua de mayo la generalización del uso del vídeo, el hermano pobre del cine al que tanto se ha acusado de convertir la huella de lo real, que tan dignamente queda impresa en el celuloide, en señales electromagnéticas o en códigos binarios. En cierto modo, como sugiere Juan Antonio Pérez Millán, las características materiales de buena parte de sus películas previas a su primer trabajo en vídeo, La seducción del caos (1991) ––desde los virados y manipulaciones de imágenes, tan frecuentes en Canciones para después de una guerra o Caudillo, al premonitorio carácter de reportaje televisual que latía tras Queridísimos verdugos o al tipo de montaje y aun reflexión genérica sobre el medio desarrollados en Madrid (1987) –– le abocaban al vídeo como soporte ideal para su trabajo y le convirtieron en un auténtico pionero de su uso creativo cuando era poco común que los cineastas lo utilizaran, si no era con fines tan ajenos a la práctica cinematográfica como la publicidad o el videoarte. Con La seducción del caos, película realizada para TVE bajo la égida de Pilar Miró, vio Patino cumplido su sueño de poder trabajar, por fin, con casi total libertad y un presupuesto de 100 millones de pesetas de la época. Tal vez por ese motivo, La seducción del caos es una de sus obras más autorreflexivas y complejas, al tiempo que uno de los trabajos del director que mejor permite comprender las líneas de fuerza sobre las que gravita el resto de su producción audiovisual. No es otro el objeto de La seducción del caos que el de escrutar “el fenómeno de la falsificación, de la representación suplantadora, de la sustitución de cualquier idea o sentimiento “original” por unos objetos que tratan de investirse de su poder comunicativo”, para emplear las palabras de Pérez Millán.

El gesto de Patino, tan osado como trasgresor, llegó en un momento en el que la transparencia y el valor de verdad hasta entonces atribuidas a los discursos informativos comenzaban a ser sometidos a un duro cuestionamiento: fue la década de 1990 la de las grandes mentiras informativas, de Timisoara a la guerra del Golfo, pasando por Ruanda; lo fue, también, la de la postmoderna teoría del simulacro, formulada por el pensador francés Jean Baudrillard para denunciar la falsedad de los modernos discursos informativos. Con la serie de siete películas realizada para Canal Sur, Andalucía, un siglo de fascinación, Patino hizo saltar por los aires la hasta entonces inviolable relación de determinados códigos televisivos con la Verdad escrita en mayúsculas. En Casas Viejas. El grito del sur, “rescataba” materiales de archivo “inéditos” filmados en Casas Viejas durante la guerra civil por… S. M. Eisenstein, mientras que con Silverio invitaba a un plató televisivo a expertos en flamenco para discutir sobre la conmoción que producía, entre los entendidos en historia de este arte, el descubrimiento de unos discos de pizarra con grabaciones del gran cantaor Silverio en los albores del S. XX. Emitido en la televisión autonómica como un programa más sobre la historia y la cultura de Andalucía, más de un espectador o espectadora quedarían subyugados por los maravillosos descubrimientos que ofrecían estos programas, realizados siguiendo los códigos del telediario, de los programas de debate o de los documentales televisivos. Y Patino, que con su espíritu cervantino había sustituido la realidad por sus propios signos, asistía al espectáculo de la fascinación con gran deleite.

Texto publicado con motivo del ciclo Maestro Martín Patino en Cineteca Matadero

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Esta entrada fue publicada en 31 de julio de 2012 por en ESCRITOS Y ENSAYOS y etiquetada con , , .
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