Hipócrita lectora

Blog de Sonia García López

La línea de sombra

Y podías sentir algo en la última canción de El último vals: que era la última canción.

Robbie Robertson

Casi diez años después de trabajar como ayudante de dirección en Woodstock (Michael Wadleigh, 1970) y tras haber dirigido algunas de sus mejores películas, Martin Scorsese estaba preparado para rodar su primer documental musical. The Last Waltz fue una experiencia totalmente distinta de aquel monumental fresco histórico del macroconcierto al aire libre rodado durante tres días al norte del Estado de Nueva York. Woodstock era la apoteosis de algo, mientras que The Last Waltz anunciaba el fin de una era.

The Band quiso celebrar su despedida de los escenarios con un concierto pensado especialmente para las cámaras en el que, por otra parte, el dispositivo no interfiriera en la experiencia del público y su interacción con los músicos en su interpretación. El resultado es un trabajo íntimo, contenido y vibrante en la que la presencia de músicos como Van Morrison, Bob Dylan o Neil Young realza y no opaca la grandeza de un grupo que no eligió su nombre, sino que se lo ganó: The Band, la banda por antonomasia.

El Winterland Arena de San Francisco, teatro en el que The Band había dado su primer concierto, vistió de gala para la despedida. Durante las siete horas que duró la filmación del concierto, músicos de la talla de Eric Clapton, Neil Diamond, Joni Mitchell, The Staples y Muddy Waters, entre otros, desfilaron por un escenario como de otra época, diseñado para la ocasión por Boris Leven (West Side Story, Robert Wise y Jerome Robbins, 1961; New York New York, Martin Scorsese, 1977); les acompañaron los poetas de San Francisco Michael McClure y Lawrence Ferlinghetti, la generación Beat a la que tanto le debe la cultura musical estadounidense de los setenta. La fórmula que Scorsese concibió para The Last Waltz, documental que en un principio contaba con presupuesto cero, combinaba un increíble despliegue para la filmación del concierto con una estructura narrativa que seguía, en cierto modo, la línea de Italianamerican (1974) y American Boy (1978), los documentales verité de Scorsese basados en entrevistas rodadas en la intimidad del entorno familiar y del equipo de rodaje. A lo largo del documental, los miembros de The Band van desgranando las historias tras las canciones, las circunstancias en que estas fueron concebidas y el modo en que condensan la evolución del grupo. Con todos esos ingredientes, Scorsese relata la historia de una despedida y, junto a la electricidad, el entusiasmo y las proezas de los músicos y el equipo sobre el escenario aparece el territorio oscuro, la melancólica línea de sombra que marca el fin de la trayectoria de la formación musical. Desde un escenario lleno de talentos todavía jóvenes, Robbie Robertson y los suyos saludan pareciendo decir: esto se acaba.

Texto publicado con motivo de la proyección de The Last Waltz en Cineteca Matadero

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Esta entrada fue publicada en 31 de julio de 2012 por en ESCRITOS Y ENSAYOS y etiquetada con , , , , , .
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